New Delhi: INICIO ALFOMBRADO, experiencia personal.

¿Y si abandonamos los prejuicios y nos dejamos sorprender sin ataduras?… Los poros de nuestra piel se activarán sin retrasos y la pureza de nuevas culturas nos alegrará sin mesura.  

La india me producía más temores que ganas, así fue siempre. Terminó siendo destino unos tres meses antes del despegue. Entre muchas otras cosas le temía a la tonta probabilidad de toparme con roedores en cada esquina y la posibilidad de descompensarme por el hambre producto de esquivar los sabores de su exótica gastronomía 

Madrid es la ciudad europea con más sellos en mi pasaporte, la he visitado menos veces de las que imagino, cada visita me hace quererla más. Unos días en Madrid sirvieron de antesala para mi aventura en Delhi. Salí a las 9 de la noche de un frío 17 de marzo; los aeropuertos son de los pocos lugares merecedores de mi puntualidad, de manera que aquel cubículo de Air India me vio arribar prematuramente. 

CONCEPTO POST-APOCALÍPTICO

Era más ansias que persona, el pintoresco pasabordo me hizo sonreír, aunque me ubicaba al lado de un pasillo y no en la ventana como prefiero. En la entrada del avión me recibió un sonriente indio de gesto apacible y tímida mirada, con sus manos en posición de oración y una tenue reverencia me dio la bienvenida a aquel alfombrado avión ambientado con melodías de nuestro destino. Creo que era el único negro en el avión, me sentía especial.

Antes de despegar hago una breve inspección de la tripulación y emito un concepto infundado en la superficialidad: Determino si me gustaría tener un accidente aéreo con ese colectivo de personas, con estas, me gustaría. La dinámica es bastante sencilla, inspecciono brevemente a mis compañeros de vuelo e imagino cómo sería un mundo post-apocalíptico con ellos, imagino que tan cómodo me sentiría con ese colectivo de personas sobreviviendo en una isla desierta a la espera de un rescate, con estas, me sentía cómodo, sobre todo por el hecho de que era el único negro, lo que estadísticamente garantizaba mi supervivencia hasta el rescate, esto, asumiendo que el destino no es racista, y que al menos un negro siempre sobrevive, al menos uno, yo era ese uno, además del único, estaba salvado.

Me gusta ayudar, de manera que mi ritual de instalación previo al despegue incluye sutiles colaboraciones a apuradas ancianas guardando su equipaje de mano, mi ritual también incluye labores de orientación a confundidas señoras ubicando sus asientos.

LA HILERA DE LOS FLUIDOS.

El vuelo estaba proyectado para durar trece horas con quince minutos, para muchos, tanto tiempo sería sinónimo de socialización, no es mi caso, soy tímido, por lo que no compartí más que esquivas sonrisas y un par de palabras con mis dos compañeras de viaje, dos chicas españolas que al parecer pertenecían a un gran grupo de jóvenes estudiantes que iban de excursión a India.

Estábamos en el extremo izquierdo del avión, yo justo al lado del pasillo. La chica a mi lado se desvaneció a menos de cinco minutos del despegue, con boca abierta y babas fuera inició su aventura con destino a Asia, la mía inició con lágrimas, producidas por las conmovedoras escenas de la película Coco, nuestra hilera era la de los fluidos, babas y lágrimas por doquier. Mis fluidos nasales aumentaron, gracias al espesor del pollo al curri que nos ofreció la tripulación.

AL IRME, SIEMPRE APRENDO

Previo al aterrizaje, luego de tan infinito recorrido, la tripulación nos tenía preparados interminables mensajes de audio y vídeo en hindi e inglés, casi tan largos y tediosos como el viaje mismo. A estas alturas del recorrido ya me había acostumbrado a la esencia esotérica que perfumaba el ambiente del avión. Desde la ventana, Delhi se veía árida y gris, el cielo lucía una tenue capa de polución, las edificaciones vestían fachadas desgastadas de colores pasteles en decadencia. Me emocionaba esa vista monocromática y traslucida que en perspectiva se proyectaba a través de la ventana de aquel alfombrado avión, el vibrante fuselaje, el panorama y la retahíla incompresible de la tripulación, me producían euforia y exaltación.

Ya en tierra, el aeropuerto Indira Gandhi me sorprendió. Al irme, siempre aprendo. Esperaba ser recibido por un lugar abundante en caos, me imaginaba recogiendo mis maletas en medio de gallinas silvestres y vacas gordas; el prejuicio al tercer mundo, proviene incluso de quienes nacimos en él. Con aquel pintoresco Boeing 787 a mis espaldas me sorprendí con el orden de la también alfombrada terminal número tres.

La bienvenida me la dio un delgado oficial de migración, de tez rojiza y risa nerviosa al que no le entendí nada, emitía palabras con seseante acento en idioma propio, su gesto era amable, por lo que no hallé motivo de preocupación en medio de tan incompresible monologo, me limité a asentir sonriente, moviendo la cabeza con gesto afirmativo a lo que asumí eran protocolarias preguntas. Luego de un par de verificaciones a mi pasaporte, unas cuantas tomas de huellas digitales, una foto sin sonrisa para el registro y el tan anhelado sello, entré a India.

BREVE INCERTIDUMBRE

Mi amigo Ashish Kumar me esperaba afuera, otra persona simplemente saldría a buscarlo, pero yo no, soy del tipo de «viajero» que planea cada paso de la travesía, no estaba del todo cómodo con la opción de salir a Delhi sintiéndome a la deriva, sobretodo porque por conocimiento de causa, sabía que infortunadamente las afueras de los aeropuertos no suelen ser los lugares más amigables y seguros para los foráneos.

Sin más opción salí al encuentro de Ashish, ahí estaba, al otro lado de la baranda, había cambiado poco, no lo veía hace cuatro años, ahora ambos teníamos barba. Nos abrazamos, sonreímos y tras un fugaz y mecánico cuestionarios sobre la actualidad de nuestra vidas, nos embarcamos en un vehículo con destino al que sería mi hogar por los próximos días. Aún era más ansias que persona, todo era nuevo para mi, desde el hecho de que iba en un auto conducido por el «lado contrario», hasta el aire pesado que acompañaba nuestro recorrido; yo iba en frente, en el que suponía era el lado del conductor, maravillado hasta con la simpleza de una cabrilla ubicada en el que para mi era el puesto del copiloto, no podía más que sonreír.

UN SUEÑO NO SOÑADO.

Casi una hora después estaba a las puertas de mi hostal, con tan poco, maravillado hasta la saciedad, con mis pies sobre las calles un país lleno de tanta mística y verdad, el mismo al que tantos llegan en busca de su esencia y cierta reconexión espiritual.

Así comenzó esta aventura, un sueño no soñado, abundante en aromas mas delicados trazos de vida y pureza que superaron lo anhelado.

<Continuará>

¿Y si abandonamos los prejuicios y nos dejamos sorprender sin ataduras?… Los poros de nuestra piel se activarán sin retrasos y la pureza de nuevas culturas nos alegrará sin mesura.  

JUAN CARLOS PALACIOS MOLINA

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